Para nosotras, el territorio es más que una noción geográfica. No es un espacio delimitado por fronteras políticas, sino un bien común y un sentimiento. Es un conjunto de elementos que se encuentran en un mismo lugar. Incluye a las personas que nacen, viven y mueren allí. A las que siguen vivas, pero también a las abuelas y abuelos que fallecieron, y cuya energía sigue con nosotras. Contiene sus identidades, sus lenguas madres, sus rituales, sus

memorias, sus conocimientos y sus formas de convivir entre ellas y con la naturaleza.

 

El territorio es el aire que respiramos, el agua sagrada que corre en nuestros ríos y mantos

acuíferos, el monte que resguarda nuestro origen, la tierra que nos alimenta. Son los bosques

que nos protegen del calor, los animales que nos acompañan, las plantas que nos curan, las

semillas nativas que resguardan nuestra identidad. Es el mar con el cual nos conectamos para

renacer, el cielo que nos da sol y lluvia, las estrellas y la luna que nos guían en la noche.

 

El territorio es el lugar donde una tiene el ombligo enterrado. Es donde nos sentimos arraigadas, con el

compromiso de cuidar todos los elementos que sostienen nuestra vida y nuestra salud. Es el sentimiento

de ser acobijada por una cultura, y de ser parte de un tejido comunitario.

 

Nuestro territorio es nuestra familia extendida. No solo la familia con quien vivimos y trabajamos todos

los días en el lugar donde tenemos el ombligo enterrado, sino también la familia que conforman todas las

personas que hablan nuestras lenguas, comparten nuestro amor y agradecimiento por la tierra y quieren defenderla.

 

Tú y tu lucha también son parte de nuestro territorio.

Defender el territorio es una forma de agradecerle por todo lo que nos da. De nuestro arraigo nos nace la obligación de respetar y cuidar todos los elementos que nos permiten vivir feliz y sanamente. Es hacer todo lo posible para no perder la memoria y preservar lo que nuestros abuelos y abuelas nos han dejado. Es ir a contracorriente de la lógica capitalista, deteniéndonos para reinventar formas de vida respetuosas de la tierra y todos los seres vivos.

 

Defender el territorio es dejar el individualismo y pensar en colectividad. Es cuidar los vínculos. En el campo es el trabajo de la milpa, el intercambio de semillas nativas. En la ciudad, es la reconstrucción colectiva de nuestros edificios después de los sismos, la creación de espacios comunes para conocernos y reconocernos, y la organización de actividades para compartir ideas y alegrías. Es reverdecer nuestras avenidas cementadas y nuestros bosques talados.

 

Como habitantes de territorios codiciados por empresas nacionales e internacionales cuya acumulación de capital está basada en la extracción y sobreexplotación de bienes comunes naturales, nuestra defensa del territorio es también una lucha estratégica que llevamos de la mano con los hombres para frenar megaproyectos.

     

                         Como mujeres, implica también la reapropiación de los espacios de los cuales

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fuimos desplazadas por el patriarcado, la recuperación de la esfera pública, de nuestro derecho a la tenencia de la tierra y a la participación en asambleas para decidir sobre el futuro de nuestras comunidades. Implica también la lucha por

nuestro derecho a vivir, caminar y amar sin miedo a ser acosadas, golpeadas, violadas o asesinadas. Implica defender nuestro cuerpo, que es nuestro primer territorio.

Y como comunicadoras, es no pedir permiso para difundir nuestras luchas en nuestras radios comunitarias, porque el aire no es de nadie, sino que es de todas. Es grabar, contar, denunciar, informar, escuchar, dar la palabra a las y los que se ven afectados por la destrucción del territorio y luchan contra el despojo. Es compartir en nuestros medios, talleres, círculos de palabra, escuelas y asambleas, nuestra filosofía de vida, nuestros ideales y nuestras creencias. Es reeducarnos y educar a l@s jóvenes para que conozcan y se reconozcan en su lugar de origen.

Porque nadie defiende lo que no conoce.

En México, como en muchos países de América Latina y el mundo, defender los derechos humanos es una labor  peligrosa y en muchas ocasiones puede ser letal, tanto para los hombres como las mujeres. En el año 2019, 304 personas defensoras de derechos humanos fueron asesinadas en el mundo, según el informe anual de Front Line Defenders, de las cuales el 13% eran mujeres y el 40% defendían sus derechos a la tierra, los derechos de los pueblos indígenas y los derechos ambientales.

 

México se destacó como el cuarto país más letal para defensores y defensoras, con 23 asesinatos (de los cuales 4 de mujeres). Y el año 2020 abrió con el asesinato del defensor michoacano de las mariposas monarcas Homero Gómez González, la detención del defensor del río Metlapanapa Miguel López Vega en Puebla, y ataques policiacos contra los Consejos de Nahuatzen, Comachuen, Arantepacua y Sevina, que luchan por su autonomía en Michoacán.

 

El panorama es aterrador. Pero no nos paraliza. Nos obliga a levantar la voz aún más alto, para pedir que cese la ofensiva contra los pueblos que buscan proteger sus derechos, sus territorios y sus formas de vidas comunitarias que permiten la preservación de los bienes comunes. Esta guerra va para largo, porque las empresas necesitan expandir cada vez más los límites de sus actividades extractivistas para encontrar materias primas y sobrevivir en la jungla de la competencia capitalista. 

 

En este contexto, las mujeres somos un campo de batalla, víctimas de « feminicidios

extractivista », como los conceptualiza la abogada chilena Ana Karina Timm Hidalgo.

Porque en la construcción patriarcal del mundo, para ganar una guerra, hay que

matar, robar, violar a las mujeres del bando enemigo.

 

Muchas veces somos las que ponemos el cuerpo entre nuestras comunidades y los

ejércitos que las reprimen. Las que más estamos en contacto con los bienes comunes

naturales, las que vamos por el agua, cosechamos, cuidamos las semillas y buscamos

las plantas que nos curan. Somos pilares de nuestras comunidades, encargadas

históricamente de las labores de cuidado que sostienen la vida y el tejido comunitario

debido a la división sexual del trabajo.

 

Por lo mismo, cuidamos a nuestro.a.s compañero.a.s enfermos por los efectos tóxicos de los megaproyectos, y nos encargamos del trabajo emocional necesario para "gestionar el dolor, el agravio, la desesperanza, la impotencia, la represión y la relación con la muerte que los proyectos extractivistas imponen", explica la socióloga mexicana Mina Lorena Navarro Trujillo. Agrega que muchas veces, en contextos de criminalización y hostigamiento, son las mujeres quienes "sostienen el trabajo de seguimiento de la estrategia legal, política, así como el acompañamiento a sus familiares para conseguir su liberación o cuando se trata de algún caso de desaparición, exigir su aparición". 

 

Somos piezas claves de nuestras luchas como defensoras y comunicadoras, y por lo mismo debemos de cuidarnos.

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